LLAMADA ORANTE

No hay aparente penuria que no tenga su respuesta divina

Y habitualmente sucede que, después de un álgido proceso, de una culminación del tipo que sea, el ser, tanto biológica como psicológicamente –para, de momento, mantener para el entendimiento esas dos expresiones- tiende a decaer. Decae, como dando muestras de un gráfico que asciende, culmina, desciende y desciende… mucho, y poco a poco vuelve a ascender…

Lo que nos plantea el Sentido Orante es: ¿Eso es así? ¿O eso es algo que el sentido organizativo, poderoso e influyente de las diferentes generaciones ha ido gestando?

Y es lícito plantearse esto, puesto que existen sistemas vivientes que desde el principio están –cuando se constituyen como tal- en procesos culminantes, y permanecen en la culminación, salvo, efectivamente, acontecimientos ajenos a su organización que perturben seriamente sus estructuras y sus dinamismos.

El ser vivo estructuralmente más grande –no solo en tamaño sino en biodiversidad- del planeta, es la barrera de coral. ¿Y saben? Ha permanecido por infinidad de tiempo con un desarrollo evolutivo creciente, fastuoso, impresionante. Cuando se ha venido a deteriorar, no ha sido porque le tocaba deteriorarse, no, ha sido por la acción incidente, destructora, corrosiva y contaminante del ser humano. No obstante, aún se conservan… más o menos importantes barreras que tratan de sobrevivir.

Este macro-ejemplo podría considerarse como una humanidad. Sí, alberga una biodiversidad tan amplia, tan equilibrada, tan dinámica y tan creativa, que bien podría ser el comportamiento de nuestra especie: dinámico, creativo, expansivo, novedoso…

Pareciera, cuando se promueve esta referencia, que es inevitable –inevitable- que, al llegar a cierto nivel de expresión, se decaiga a veces hasta niveles muy inferiores, muy vulgares. Incluso se llama a estos procesos “leyes de vida”. Y aun admitiendo el llamado “cansancio”, en el tiempo recuperador no se puede –nos dice el Sentido Orante- caer en la vulgaridad que nos precedió en la ascensión a lo culminante, ¡y mucho menos más abajo!, puesto que ese periodo de descanso es un periodo de recreación, de evaluación, de valoración, de proposición, de propuestas. Luego sigue la culminación. Con otras dinámicas, sin duda, con otras ritmologías, pero no… no con un décalage de “¡ya!”; de frustración, finalmente.

Pareciera como si se hubiera introducido en la especie un ritmo de triunfo y fracaso, y para volver a triunfar hay que partir del fracaso; y para poder estar sano hay que estar previamente muy enfermo; y para poder saborear la paz hay que generar antes, previamente, la guerra.

¿Qué… qué “ley de vida” es ésa? ¿Acaso el sol se apaga por la noche? No. Es la tierra la que coquetea con su referencia.

¿Acaso no es cierto que iniciamos el otoño, y simultáneamente también la primavera?

¡No hay tregua, ni pausa! Hay permanente culminación. Y gracias a eso, el Universo se mantiene, se expresa, se muestra. Diariamente, los observadores astronómicos, astrofísicos, nos cuentan novedades tan impredecibles como decir: “Es que esto no podía ocurrir”, como recientemente la eclosión o la comunión de dos agujeros negros que produjeron una onda gravitacional hace millones de años, y ha llegado por aquí. No, eso no podía ser cierto.

Pues lo es.

El hombre, en su minúscula consciencia, cuando enfoca el “saber-poder”, pretende –y lo consigue, pero por represión-… consigue establecer leyes, mandamientos, ordenanzas; y a la vez que es sapiens se considera ¡salvaje y brutal!, porque afirma que si no es así… no se podría vivir, no se podría estar: ¡sin leyes, sin normas, sin artículos! Por eso les sorprende, a los astrofísicos incluidos –que deberían tener, se supone, una imprevisible capacidad para el asombro-, les sorprende que ocurra algo que no estaba previsto, que desafía las leyes. ¿Qué leyes?

Sí, es cierto, existen algunos ritmos y variables. Pero, aunque mucho se enfatiza sobre el origen del Universo “por-que-sí”, cuando se plantean las situaciones del todo, no… no cuadran.

Un solo detalle, ya que se menciona la astrofísica: El Sentido Orante nos recuerda que todo estaba previsto einsteinianamente para que el Universo se expandiera, pero luego existiera una fuerza de contracción y se mantuviera un equilibrio. Una magnífica ley para quedarnos todos tiesos como una estalactita o una estalagmita. Un modelo… ¡guay!

Pero el modelo “guay” de estatismo, aunque admitiendo que se expande y se contrae, se ha deshecho. Sí. No hay manera de encontrar suficiente fuerza o energía centrípeta o de contracción. No hay manera de encontrarla. Lo único que se expresa es una expansión cada vez más fuerte, cada vez más exponencialmente veloz.

¡No cuadra con la ley!

Si teníamos entre la humanidad leyes todavía más controvertidas: en la guerra, matar a un enemigo o a enemigos te supone una medalla, una medalla en el pecho, una condecoración. Pero cuando llega la paz, si matas a un enemigo te supone la cárcel, cadena perpetua o ejecución.

Y dices: “¿Pero el hecho ha sido el mismo, no?”.

Ya, pero en un caso era la rabia, la patria, la defensa, el ataque… Y en el otro caso era ya como muy así, que, que, que… que no… que sí.

Probablemente –probablemente-, si se pudieran reciclar los asesinos que en la cárcel están, si se pudieran reciclar y llevarlos en el tiempo a épocas de guerra, serían unos héroes.

¡Qué cosa!, ¿no? ¿Cuál es la ley?

El Sentido Orante nos… palpita, ¡sin leyes!

Necesitó Moisés unas tablas, para darles unas leyes que nada suponían de novedad. ¡Pero hay una particularidad! Hubo dos oportunidades. En la primera, nunca se supo cómo eran las leyes. La soberbia y vanidad de Moisés –según cuenta la historia- las estrelló contra el vellocino de oro. Luego tuvo que volver, y entonces ya le dieron unas tablas de baja calidad. Sí, sí, tablas que ya conocía todo el mundo.

No fueron novedad. El “amarás al Señor con toda tu fuerza”… ¡ya se sabía! El “no matarás”, el “no codiciarás los bienes ajenos”, etc., ¿qué aportaban?

Hoy se sigue venerando como “La Ley”.

Sería curioso ver quién fue… –no por señalarle- sería curioso saber quién fue el primer hombre que inventó –inventó, no; “invento” es algo-, que le dio por dominar a la Creación, al Misterio Creador, a lo Divino, y empezó a hablar de “leyes divinas”.

¿En serio creen ustedes que –así, entre nosotros- Dios tiene leyes? ¿Es un jerarca jurisprudente que va señalando articulados…? Como hemos visto en una minuciosidad pequeñísima, esta Creación nos ofrece un tremendo chasco a nuestra sapiencia: ¡nada sabemos! Las leyes se pulverizan.

Al referirse a la Creación como “el Misterio Creador”, se le muestra en estas palabras –“Misterio Creador”- como algo que está fuera de nuestra consciencia. Pero, atención: fuera en cuanto a la sapiencia, pero muy dentro en cuanto a la vivencia.

Esto nos da… un sentido liberador. No recurrimos a las leyes.

Escuchamos el sentir, percibimos el fluir de las casualidades, las sorpresas, los imprevistos, los inesperados, las suertes…; el desarrollo de la bondad, del respeto, de la convivencia, de la creatividad permanente. ¡Nada de ello obedece a leyes! Todo ello es producto de inspiración; ¡de inspiración de Creación!

De ese AMAR que nos hace NACER, que nos da el despertar vigilante… luminoso.

Incorporar la permanente creatividad expansiva y novedosa de cada vigilia, de cada amanecer…; y descubrir, en el aparente… –“aparente”, pero hay que estar en esa actitud- descubrir, en ese aparente momento de repetición, que no es tal repetición, que hay detalles, muestras, imágenes…; y con la actitud de sabernos en otro lugar del Universo, en otro momento de la escalada amorosa…; y sentir que todo ello nos… ¡implica!... es bondad Creadora.

Es… complacencia novedosa

Es… Piedad incesante que se renueva cada instante y que nos da la trascendencia.

El Sentido Orante nos muestra, con nuestra actitud y atención correspondiente, cómo el aroma del día es distinto, cómo las consciencias tienen otro despertar, cómo la actitud de imaginación, de escucha… es diferente.

Contemplando nuestra posición, nos damos cuenta de nuestras variables. Esas que nos hacen ser permanentemente creativos. Esas que nos llevan a situaciones en las que, en teoría, ¡no sabemos qué decir!… Pero sí debemos saber dónde buscar, dónde preguntar.

Porque no hay aparente –“aparente”- penuria, que no tenga su respuesta divina, adecuada al momento, adecuada a las circunstancias.

Lo Eterno, en su infatigable cuidado, atención y… aureola hacia la vida, no la somete a un callejón sin salida. La apura, sí, la corteja, la aprisiona, la lleva al precipicio, pero no la empuja. Y si lo hace, no deja que se golpee en la caída.

Por ello, al sentir esa consciencia de innovación, cada día, sabemos que cada circunstancia que nos pueda desbordar o inmovilizar tiene su respuesta adecuada. Y la buscaremos y la encontraremos, porque nos encontrará.

Ciertamente, siempre y cuando estemos en esa disposición.

El dicho decía: “Dios aprieta pero no ahoga”.

El Misterio Creador, desde su profunda oscuridad, nos… ilumina. En su Sentido Orante nos… aclara.

Y es su afán recogernos en brazos, ser un embozo de nuestro ser. Y así, sentirnos recogidos, auxiliados, cuidados. Y consecutivamente tener esa actitud libertaria. Como el niño cuando juega, salta y corre: no es consciente, sin duda, del arrope del padre o la madre, que están pendientes de alguna contingencia, pero así es.

Cuando el ser llega a la madurez, va siendo progresivamente consciente de que sus juegos, sus saltos… están custodiados por un Misterio Creativo, por una Inspiración amorosa.

¡Y en sabiendo esto!, el ser se mueve como aquel infante. Pero ahora lo hace con la consciencia de que encontrará lo preciso, se expresará en lo novedoso, creerá en sus recursos, buscará y le encontrarán.

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