2021-07-18

EL SER DEJA DE VER LA PROVIDENCIA EN LA ACTIVIDAD DE LOS OTROS



LLAMADA ORANTE

El ser deja de ver la providencia en la actividad de los otros

Las Bondades Providenciales del Misterio Creador son infinitas.

A lo largo de la historia de la humanidad, se contemplaban con danzas, fiestas o tributos… por las lluvias, por la cosecha, por el nacimiento... Había un vínculo, llamémoslo “primitivo”, pero consustancial con el hacer cotidiano.

En la medida en que el ser va dando explicaciones a su modo de evolución “razonable”, no festeja la lluvia, ni el amanecer, ni el eclipse, ni el nacimiento, ni la cosecha. Se hace protagonista de cualquier logro.

Poco a poco va deshaciendo la comunión con la Creación, y va haciendo un culto a sus capacidades, a sus recursos. Y se va haciendo un colonial propietario del planeta.

Y como “especie humanidad” se va apoderando y… manipulando todo su entorno, de manera productivista, rentable, ganadora, acopiadora.

Y como cabía esperar en ese proceso, se plantea el control y el dominio de la propia especie en cuanto a reproducción, expansión, tipos de convivencia, formas de pensar, maneras de convivir… en base a un modelo de pirámide en el que unos auto-elegidos, con poder en todos los niveles, van derramando ese mismo modelo de poder en diferentes capas, para que cada una se sienta prepotente, dominante, autosuficiente.

El modelo de poder se extiende con el “tú puedes” y “tú puedes”…; “querer es poder”…

Y así, la huella Creadora se desvanece. ¡Persiste la Bondad Providencial!, pero… como dice el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Se umbilicaliza la consciencia de humanidad y –como el símbolo de la serpiente- se devora a sí misma.

Porque, en ese dominio hacia sí, en ese dominio de “el hombre sobre el hombre” como humanidad, se establece un continuo desagrado, una permanente queja, una acidez corrosiva que lo que hace es –aún más- incidir en su egolatría, en su protagonismo.

Salvo “avisos”, normalmente la envidia, la mentira y el prejuicio martillean una y otra vez la convivencia, la solidaridad, los ideales. Cualquier faceta se somete a una critica feroz, típica de “poder” –como el modelo prioritario que hemos citado-. Y llega hasta las pequeñas comuniones humanas: el colegio, la familia, la empresa… Se convierten en un hervidero de denuncias. Nada bueno se ve en los otros. Cada uno, con su hegemonía de poder, se ve bueno a sí mismo. Y la única referencia es él mismo, con respecto a los demás, así que los demás sobran: deben ser acidificados. Ni una sola virtud se resalta. Y cuando se hace a veces, se hace para obtener alguna recompensa.

Así se mueve el mundo contemporáneo, el mundo de la civilización, el mundo de la autosuficiencia.

Si la Bondad está presente, si los dones se siguen derramando ¿cómo es que el hombre los borra, los manipula, recurre a la ley de la casualidad, a la suerte –sin saber lo que es-, se explica a su modo y manera…?

A su modo y manera… da una versión. Pero deja de ver la Providencia en la actividad de los otros. Deja de ver la virtud. O si la ve, la anota y la valora como enemiga, ¡y la ataca!

¿Quién… quién –aparte de sus virtudes-… quién no tiene una versión “oscura” de sus propias actividades? No por él mismo –aunque a veces también, claro- sino por su entorno. Algún defecto tendrá. Algún espacio no estará como debe estar.

Como alimañas se comportan, buscando ese defecto, ese error. Y así se hace, el convivir, una competencia, un juego entre aprecio y desprecio, con predominio constante de la queja, de la incomodidad…

Y se hace tan –permitamos la palabra, inapropiada- “universal”, que es difícil revertirlo. ¡Muy difícil! Muy difícil advertir a alguien:

.- Oye, pero también tiene esto de bueno.

.- Sí, sí, sí, pero… es cierto que esto otro no está bien, no es correcto, no es adecuado.

.- Sí, ya, pero fijémonos también en por qué, busquemos… ¡una mínima bondad!

.- No, no, no… Bueno, sí, pero… no, no, no.

Es obvio que, bajo esas coordenadas, las estelas –ya no huellas-… las estelas del Misterio Creador se queden ahí para la consciencia humana, aunque permanece, continúa infinitamente, la Bondad Providencial. Pero, para la consciencia de la actualidad, es un vaho fino que transcurre… ¡quizás!, de vez en cuando, ¡a lo mejor!

Si en otros tiempos formaba parte integral del vivir cotidiano, hoy es una anécdota.

La Llamada Orante nos invita a revisar nuestras posiciones con respecto al vivir cotidiano, con respecto a nuestra consciencia hegemónica, quejumbrosa y… ¡destructora!

El Sentido Orante nos invita a hacer otras tomas de ese “estar”; a abrir el zoom de esa visión; a que, como orantes que acuden a orar, sean fieles a la escucha, a esa evocación que continuamente hace la Creación.

Con el continuo ¡despecho!, se establece una cortina que nos impide sentir, percibir… la luminosidad de la Creación, la Bondad esparcida. Y prefiere –por su dominio y poder- el ser, atormentarse… poniendo el cristal del deterioro, el cristal de “sin remedio”, como hábito.

¿Y si… y si se cambia de traje? Aunque el hábito no hace al monje, ayuda.

Porque además, en este proceso de queja y crítica permanentes –que obnubila cualquier visión virtuosa-, esa actitud se vuelve contra el propio ser, y se auto-flagela lo suficiente como para decir que ése es su “control de calidad”; que se conoce bien y reconoce sus defectos; los asume como “naturales” aunque perjudiquen a los demás. Algunos se contienen hasta ahí. Otros se deprimen tanto, que se colocan en el borde de la autodestrucción.

Su propia “guerra”, su propia “visión” los destruye. Y el entorno humano ayuda a que eso ocurra.

La Llamada Orante nos sugiere una actitud de… ¡compasión!…; una actitud de ¡misericordia!, para nosotros mismos y para todos los demás. Una posición ¡valiente!, que apuesta por proyectos, ideas, imaginería, realizaciones… Que no apuesta por el triunfo de su opinión o de su razón, sino que apuesta por la comunión.

¡No caer en la vulgar estancia de la egolatría razonable de “mi verdad”! “No caer en la egolatría razonable de mi verdad”. ¡Por Dios!

¡Resulta esperpéntico! Resulta… ¡vulgar!

Pero, claro, si la mayoría se mueve en ese vaivén… es difícil verse con otro resplandor.

“Sin-duda”, ese camino hacia la extinción tiene mucho que ver con esta postura, con esta posición de“desprestigio” que establece la humanidad, de unos sobre otros, de unos contra otros: mobbing, estrés, inconveniencias, zancadillas, trampas…

Puede resultar, todo esto, exagerado. Puede ser. Bendito sea si así es.

Pero si “por sus actos y palabras los reconoceréis”, no parece ser muy exagerado. A veces parece como si las personas, al hablar, ya hubieran desenvainado el sable, para contestar… hiriendo.

Y es que… y es que no somos así. No es nuestra naturaleza el camino de la destrucción. No es nuestra presencia en el Universo, el camino de la explosión, de los privilegiados, de los que se presentan en primera línea y deterioran a los otros…

Nuestra naturaleza palpita o late en la trascendencia de lo pequeño, en la humildad de lo cotidiano, en la afectividad de las virtudes, ¡en la compasión mutua y la misericordia permanente!

Y cualquiera que en honradez actúe, y con valentía se vea, se descubrirá en esa naturaleza. Claro, no es la que se lleva, no es la que triunfa, no es la que logra, no es la que establece la ley y el orden, el castigo… No, no es ésa.

Pero es que esa naturaleza de detrimento permanente hacia uno mismo y hacia los demás, es producto de un ¡desvarío!…; de un desvarío imitador de la Creación. Una sustitución… semejante o igual al famoso becerro de oro de Moisés: ahora es la estatua, ahora es el triunfalismo, ahora es el descubrimiento, la ciencia, la tecnología…; la permanente dependencia, que nos hace inútiles y nos convierte –obviamente- a cada uno, en caldo de cultivo para agredirnos.

La Llamada Orante reclama las expectativas que adornan al ser, el momento que parece apropiado para no precipitarse al abismo, y lanzarse a la luz; a congratularse con las virtudes ajenas…; a hacerse “uno” con otros.

No dejo de ser, cuando hablo de “nosotros”. No dejo de ser quien soy, cuando hablo de “todos”. No abandono –ni mucho menos- la guía Creadora por la que estoy en el Universo y en la vida, sino más bien, cuando somos “nosotros”, es cuando se aquilata y se precisa realmente quién soy; a qué he venido.

Amar, el aprecio hacia lo que nos rodea, no es una debilidad.

Respetar el entorno que nos retroalimenta, no es una pérdida de poder.

Porque, además, en ese juicio permanente, el ser teme pasar al anonimato y no ser tenido en cuenta… Y así que recurre a cualquier aspaviento para que se le valore. La egolatría de la autoestima necesita refuerzo exterior. ¡No es capaz de alimentarse… –porque no ve-, no es capaz de alimentarse del cotidiano estar! No es capaz de alimentarse de las habilidades que la Creación le proporciona, le muestra.

Nuestra permanencia está evocada hacia la liberación; está diseñada hacia la eternidad…; hacia un infinito de recursos.

La Piedad se derrama hacia… nuestras misiones. La piedad se derrama hacia nuestras misiones, para que las intenciones se hagan clarividentes, generosas, ¡complacientes!

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